La elección de la sede para la Copa Mundial de la FIFA 2026 fue un proceso marcado por cambios significativos y un notable trasfondo político. La candidatura conjunta de Estados Unidos, México y Canadá, bajo la denominación “United 2026”, se enfrentó a Marruecos en una contienda que, para muchos analistas, trascendió lo meramente deportivo y de infraestructura, adentrándose en el terreno de la geopolítica.
Tradicionalmente, la decisión de otorgar un Mundial recaía en un comité ejecutivo reducido de la FIFA. Sin embargo, para 2026, el organismo rector del fútbol mundial implementó un nuevo sistema: la votación recaería en la totalidad de sus 211 federaciones miembro, con la promesa de una mayor transparencia tras los escándalos de corrupción que habían manchado la reputación de la organización. No obstante, esta modificación fue percibida por algunos como una estrategia cuidadosamente orquestada.
Diversos medios y expertos señalaron que este novedoso esquema de votación podría haber sido intencionalmente diseñado para favorecer la propuesta norteamericana. La poderosa influencia diplomática y económica de Estados Unidos, sumada a la retórica de “America First” de la administración de Donald Trump, se proyectó como un factor decisivo. Surgieron especulaciones sobre cómo el gobierno estadounidense podría haber ejercido presión sobre naciones aliadas o en desarrollo, prometiendo incentivos o, por el contrario, insinuando posibles repercusiones en caso de no apoyar la candidatura de “United 2026”.
La percepción generalizada era que la oferta norteamericana, con su atractivo de récords en asistencia y ganancias proyectadas, y el respaldo tácito —y en ocasiones explícito— de la Casa Blanca, representaba una propuesta casi insuperable bajo el nuevo formato de votación. A pesar de que el voto era secreto en la urna, la visibilidad de las federaciones votantes y la inevitable presión política de las grandes potencias eran elementos difíciles de ignorar. Finalmente, la candidatura conjunta de Norteamérica se impuso con una contundente mayoría.
Este episodio ha dejado un manto de incertidumbre sobre la verdadera autonomía de los procesos de selección de la FIFA y ha reavivado el debate sobre hasta qué punto los grandes eventos deportivos globales pueden ser instrumentalizados por agendas políticas nacionales. La idea de un proceso de licitación (denominado coloquialmente como “sorteo” por algunos medios) que parecía diseñado para alinearse con los intereses de una figura política como Trump, subraya la creciente e intrincada conexión entre el deporte de élite y la política global, donde la victoria en el campo de juego a veces se define mucho antes del pitido inicial.













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