La pantalla que marcó una era: El ascenso y ocaso de la IMAX del Papalote Museo del Niño

Ciudad de México a 23 de julio, 2026 — Por: Redacción

En el corazón de la Ciudad de México, hubo una vez un gigante de cristal y acero que albergó sueños, maravillas y la promesa de un futuro más brillante para miles de niños. El Papalote Museo del Niño, inaugurado en 1993, no solo revolucionó la forma en que los más jóvenes interactuaban con el conocimiento, sino que también introdujo una experiencia cinematográfica sin igual: la Megapantalla IMAX. Durante casi tres décadas, esta pantalla colosal fue un faro de innovación y una ventana a mundos inexplorados, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva. Sin embargo, como toda gran historia, la de la Megapantalla IMAX del Papalote llegó a su fin, desvaneciéndose en el silencio de una era post-pandémica.

Un ícono que redefinió la experiencia documental

Desde su apertura, la Megapantalla IMAX del Papalote no fue solo una sala de cine; fue un portal. Con sus impresionantes 23 metros de ancho por 17 metros de alto, y su sistema de proyección de 70 milímetros, ofrecía una inmersión visual y auditiva que pocos lugares en el mundo podían igualar en su momento. Era la tecnología de punta, diseñada para transportar a la audiencia a las profundidades del océano, a las cumbres más altas, al espacio exterior o al interior del cuerpo humano, todo ello con una claridad y un detalle asombrosos.

Para millones de mexicanos, visitar la IMAX del Papalote se convirtió en un rito de paso. Las excursiones escolares y las visitas familiares no estaban completas sin la experiencia de sentir el rugido de un dinosaurio o el despegue de un cohete espacial, magnificado por un sonido envolvente que vibraba en cada asiento. Los documentales, que de otra manera podrían haber parecido áridos, cobraban vida con una intensidad que cautivaba a niños y adultos por igual, fomentando la curiosidad científica y el amor por el aprendizaje.

La Megapantalla no solo proyectaba imágenes; proyectaba ideas. Era una herramienta educativa poderosa que complementaba la filosofía interactiva del museo, demostrando que el aprendizaje podía ser una aventura espectacular. Se convirtió en un referente cultural, un punto de encuentro para la ciencia y el entretenimiento, y un símbolo de la modernidad en la oferta museística de la capital.

El golpe de la pandemia y el dilema de la modernidad

La historia de la Megapantalla, sin embargo, tomó un giro inesperado con la llegada de la pandemia de COVID-19 en 2020. Como muchas instituciones culturales y de entretenimiento alrededor del mundo, el Papalote Museo del Niño se vio obligado a cerrar sus puertas, enfrentando una crisis financiera sin precedentes. La interrupción de los ingresos por boletos y la incertidumbre sobre el futuro de los espacios cerrados pusieron a prueba la sostenibilidad de proyectos de gran envergadura.

Tras meses de cierre, y con la esperanza de una reapertura segura y sostenible, la administración del museo se enfrentó a una difícil decisión. La Megapantalla IMAX, aunque querida y emblemática, presentaba desafíos significativos. Su tecnología, revolucionaria en los años 90, había envejecido. Los proyectores de 70mm eran costosos de mantener, las refacciones se volvían escasas y el consumo energético era considerable. Además, el formato de películas físicas limitaba la flexibilidad en la programación y el acceso a nuevos contenidos digitales.

El museo, que siempre se ha caracterizado por su visión de futuro y su compromiso con la innovación, entendió que para seguir siendo relevante y atractivo para las nuevas generaciones, necesitaba una transformación profunda. Mantener la Megapantalla en su formato original implicaba una inversión masiva en una tecnología que ya no era la vanguardia, o una igualmente cuantiosa modernización que casi equivalía a construir una nueva.

El adiós definitivo y el renacimiento del espacio

Así, en 2021, llegó el anuncio que entristeció a miles: la Megapantalla IMAX del Papalote Museo del Niño cerraría sus puertas de forma permanente y sería desmantelada. La decisión, aunque dolorosa, fue presentada como un paso necesario para la evolución del museo. No se trataba de una simple clausura, sino de una reinvención estratégica de uno de sus espacios más icónicos.

El silencio que siguió al desmantelamiento de la pantalla fue el preludio de una nueva era. El espacio que una vez albergó las grandiosas proyecciones IMAX fue transformado para dar vida a «Papalote», una nueva experiencia inmersiva que busca conectar con las nuevas audiencias a través de tecnologías contemporáneas. Este nuevo concepto se enfoca en la interactividad y la participación activa, en línea con la filosofía original del museo de «tocar, jugar y aprender».

La adaptación del museo refleja una tendencia global en las instituciones culturales, que buscan equilibrar la preservación de su legado con la necesidad de evolucionar y ofrecer experiencias relevantes en un mundo en constante cambio. La nostalgia por la Megapantalla IMAX es innegable y comprensible; para muchos, representa una parte invaluable de su infancia y formación. Sin embargo, el Papalote Museo del Niño mira hacia adelante, con la convicción de que la esencia de su misión —inspirar a los niños a través del juego y el descubrimiento— puede perdurar y adaptarse a los nuevos tiempos.

Un legado que trasciende la pantalla

Aunque la Megapantalla IMAX ya no exista físicamente, su legado perdura en la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de maravillarse ante ella. Fue un testimonio de cómo la tecnología puede servir a la educación y la cultura, y cómo una experiencia puede trascender el simple entretenimiento para convertirse en un recuerdo formativo.

La historia de la Megapantalla del Papalote es un recordatorio de que incluso los íconos más arraigados deben, en ocasiones, dar paso a nuevas visiones. Es la crónica de cómo un museo se adapta a las presiones económicas, a la obsolescencia tecnológica y a las cambiantes expectativas de su público, sin perder de vista su propósito fundamental. El Papalote Museo del Niño continúa siendo un espacio vital para el desarrollo de la niñez en México, y aunque una de sus grandes estrellas se haya apagado, la luz de la curiosidad y el aprendizaje sigue encendida en sus pasillos y nuevas exhibiciones.

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